martes, 19 de junio de 2012

Hacia la búsqueda

De camino a casa, el trayecto fue bastante silencioso, apenas compartíamos unas palabras. Cuando llegamos, mamá se encerró en su cuarto y echó el pestillo. Yo no daba crédito a su comportamiento, la aparición de un viejete ha hecho que cambie el curso de las cosas, esto me suena a la famosa 'causalidad histórica' que dimos un día en clase. Me fui a mi cuarto, me desvestí y me puse el pijama. Aunque no hayamos hecho ninguna proeza en estas 3 horas, me sentía agotada y llena a reventar, no tenía que haberme comido la tarta de queso. Me tumbé en la cama y dejé volar mi imaginación. ¿Qué narices había ocurrido hoy? Cerré los ojos un instante y visualicé la cara de aquel hombre. Su cara era de aspecto cansado, tenía unas patas de gallos impresionantes y bolsas bajo los ojos. Su papada era bastante pronunciada y llevaba unas gafas bajas, supongo que no verá nada de cerca como la gente mayor. Tenía una calva considerable y el poco pelo que le quedaba era bastante canoso, casi tirando a gris. El cuerpo rechoncho y gordo, con su gran chaquetón beige. Recuerdo que aunque estamos en pleno invierno, ese hombre chorreaba sudor bajo las mangas del chaquetón. Estoy segura que este señor morirá de infarto, se le ve venir. De repente, la imagen que tenía en mente empezó a hablar, a emerger la voz temblorosa del café:
-Hablar...oficina...increíble...Diana...
Intentaba localizar la idea de lo que aquel hombre dijo, a qué se debía tanto misterio. Entonces, me acordé de la tarjeta: ''Sr. Jenkins, abogado e investigador''.
Abogado e investigador... ¿Por qué iba  mi madre a conocer a un investigador? Un abogado pase, pero ¿un investigador?
Abrí los ojos. Ya era de noche.
-Genial, me he quedado dormida- dije para mí.
Me levanté para ver que hora era. Las dos de la mañana.
-¡Pues sí que me he pegado un buen sueñecito!
Fui hasta la cocina a por algo de leche y galletas, las de las pepitas de chocolate tan ricas. Cogí mi vaso y el paquete de galletas y cuando iba hacia mi habitación, dirigí la mirada hacia el cuarto de mamá. La puerta estaba entreabierta y me acerqué.
-¿Mamá...?- susurré.
Abrí la puerta y para mi sorpresa no encontré a nadie, estaba totalmente vacía. Casi me atraganto con las galletas del subidón de adrenalina que me dio en ese momento. Busqué por toda la casa por si acaso, pero no encontré a mamá, ni una nota, un indicio, algo, fuese lo que fuese. No sabía que hacer por lo que lo que pensé fue coger mi abrigo y salir a la calle. Cogí las llaves, me vestí con ropa abrigada y fui hasta la puerta a por mi abrigo y el móvil, que se estaba cargando. Entonces me fijé que el abrigo de mamá seguía ahí.
Rebusqué en su bolsillo y encontré la tarjeta del Sr. Jenkins. Pensaba ir a la policía a contarle todo lo sucedido hoy y ver que pasa, pero entonces me percaté de que la tarjeta tenía en letras diminutas una dirección escrita.
-Llevo una temporada sin coger el coche, pero no me va a quedar más remedio.
Agarré las llaves del coche y me lancé hacia el exterior, sintiendo el punzante frío de la noche en mi cara.



domingo, 10 de junio de 2012

El desconocido

He conseguido calmarme un poco y me he secado a fondo con la toalla. Me sentía totalmente desconcertada, en un mar de dudas, como una nube rumbo a lo desconocido. Me acerqué a la cómoda para cepillarme el pelo  y me miraba en el espejo. Tenía el semblante pálido y los ojos llorosos. Esta situación me estaba desquiciando. Me estremecía con cada cepillado. Tiempo atrás disfrutaría cepillándomelo, siempre me ha gustado y me relaja  el tacto del cepillo en la cabeza. Recuerdo cuando mamá me lo cepillaba siempre cada noche porque yo me enfadaba cuando no conseguía desenrredarlo. Sonreí. Recordar aquello me hizo sentir mejor.
-¡Tengo una idea! -exclamé.
Dejé el cepillo en su sitio y me lancé hacia la estantería del estudio. Rebusqué un poco y lo encontré, mi álbum de fotos. Me senté en la repisa de la ventana y lo abrí. 
-¡Qué recuerdos! Esta foto fue de cuando fuimos de pequeños de excursión al zoo.
-Recordando viejos tiempos, ¿eh?- dijo mi madre.
Me giré y la vi apoyada en el marco de la puerta. Se acercó y se acurrucó conmigo para ver las fotos.
-Fíjate en esta. Aquí estabas enfadada porque se te había caído la bola de helado cuando estábamos de vacaciones en California. ¡Ja, ja, ja, ja! Estabas tan graciosa que tu padre y yo no pudimos resistirnos a sacarte una foto.- explicó.
-Sí... Aquellos eran buenos tiempos. Papá todavía seguía con nosotros.-dije.
-Aquellos eran tiempos diferentes, sí. Pero no dejes que eso te afecte ahora, cielo. De todas formas, fue él el que desapareció un día para no volver.
-Tienes razón. Mmmm...
-¿Qué?- preguntó.
-¿Qué te parece ir a comer al café Vintage? Hace mucho que no vamos.- propuse.
-Mmmm... Bueno, ¿por qué no?- contestó sonriendo.
Hacía meses que no la veía sonreír. En cierto modo, eso también me alegró bastante. La sonrisa de mi madre era algo típico suyo, ella siempre estaba sonriendo. Su sonrisa era una característica personal, sus dientes eran blanquísimos y estaban perfectamente colocados, en su conjunto formaban una sonrisa dulce y tierna que hacían disipar los problemas de cualquiera durante un instante. Lástima que no consiguiera heredarla. Mi sonrisa era más bien tosca y tenía los colmillos algo torcidos. Aún así, no se consideraba un problema tan grande como para llevar aparatos.
-¡Voy a por el abrigo!- exclamó mamá.
-¡Vale!¡Yo voy a por mi bolso!- le respondí desde mi habitación.
Llegó la hora de preparar el bolso. En cualquier película ya lo habrían tenido preparado. No pude evitar soltar una risita al imaginarme yo dando un chasquido de dedos y que el bolso se preparara solo, como si de Mary Poppins se tratara. Cogí el de felpa marrón, y metí dentro el móvil, las llaves, la cartera, un paquete de kleenex y mi reproductor de música, nunca se sabe si el trayecto se alargará más de los debido.
-¿Estás lista?- preguntó mi madre desde la entrada.
-¡Sí, ya voy!- le contesté.
Entonces, bien abrigadas, salimos a la calle. Decidimos ir a pie dando un pequeño paseo. La nieve cubría todas las parcelas de las casas. Era bonito en su conjunto, parecían una típica postal navideña. En ese preciso momento apareció un rayo de sol. Así, la 'postal' cobraba más encanto del que pudieran imaginar. La nieve brillaba con intensidad, haciendo aparecer en algunos puntos pequeños arcoiris. 
-Es precioso- murmuré.
- Sí, la verdad es que es encantador. No me arrepiento de haber tomado la decisión de mudarnos aquí- dijo 
mamá.
En ese momento me abrazó y yo le devolví el abrazo. Cuando me quise dar cuenta, ya casi estábamos llegando al café Vintage. Siempre con su aire antiguo y un toque moderno a la vez. Nos sentamos en la mesa de siempre, la 3ª a la izquierda que da al exterior. 
-¿Qué desean?- preguntó la camarera. Era algo estrambótica, con un color de pelo azafranado y unas pestañas postizas que le llegaban hasta las cejas. También percibí un fuerte olor a perfume barato.
-Yo tomaré el menú del día. ¿Y tú, cariño?- preguntó mi madre.
- Yo también tomaré el menú del día.- respondí.
Ya nos habían servido las bebidas cuando empezamos a hablar las dos del colegio y el trabajo. No parábamos de reír ya que contábamos anécdotas una detrás de otra. Fue entonces cuando un hombre de aspecto viejo y rechoncho, con un gran chaquetón beige se acercó hasta nuestra mesa.
- ¿Diana?- preguntó el desconocido algo perplejo.
-¿Señor Jenkins?- le contestó mi madre.
-¡No puede ser!- murmuró para sí. Aún así, recobró un poco la compostura y volvió a hablar: -Me gustaría hablar de muchas cosas con usted. Mi oficina no se encuentra muy lejos de este lugar, le dejo mi tarjeta. Llámeme cuando pueda venir, le esperaré impaciente.- dijo.
Dejó una pequeña tarjeta en la mesa y acto seguido, salió del café con paso ligero. La tarjeta era de color blanco, con algún decorado en las esquinas. Conseguí leer: ''Sr. Jenkins, abogado e investigador''. Mamá la cogió enseguida y se la guardó en el bolsillo de la chaqueta. Ahora tenía una mirada preocupada en su rostro y, advirtiendo mi expresión de desconcierto en mi cara, me dijo:
-Es un viejo amigo, cielo, no te preocupes.- Después de eso , sonrió, pero noté por primera vez en mi vida una sonrisa suya que no transmitía su ternura y dulzura de siempre. 
La camarera apareció ipso facto con los platos del menú.
-¡Qué aproveche! - exclamó.
-¡Gracias!- exclamamos al unísono.
Fue una comida de lo más silenciosa. Durante toda ella estuve pensando en todo lo ocurrido y llegué a la conclusión de dos cosas. Primera, ese hombre no es un viejo amigo y segunda, las cosas iban a ponerse aún más extrañas de lo que estaban.