-¡Tengo una idea! -exclamé.
Dejé el cepillo en su sitio y me lancé hacia la estantería del estudio. Rebusqué un poco y lo encontré, mi álbum de fotos. Me senté en la repisa de la ventana y lo abrí.
-¡Qué recuerdos! Esta foto fue de cuando fuimos de pequeños de excursión al zoo.
-Recordando viejos tiempos, ¿eh?- dijo mi madre.
Me giré y la vi apoyada en el marco de la puerta. Se acercó y se acurrucó conmigo para ver las fotos.
-Fíjate en esta. Aquí estabas enfadada porque se te había caído la bola de helado cuando estábamos de vacaciones en California. ¡Ja, ja, ja, ja! Estabas tan graciosa que tu padre y yo no pudimos resistirnos a sacarte una foto.- explicó.
-Sí... Aquellos eran buenos tiempos. Papá todavía seguía con nosotros.-dije.
-Aquellos eran tiempos diferentes, sí. Pero no dejes que eso te afecte ahora, cielo. De todas formas, fue él el que desapareció un día para no volver.
-Tienes razón. Mmmm...
-¿Qué?- preguntó.
-¿Qué te parece ir a comer al café Vintage? Hace mucho que no vamos.- propuse.
-Mmmm... Bueno, ¿por qué no?- contestó sonriendo.
Hacía meses que no la veía sonreír. En cierto modo, eso también me alegró bastante. La sonrisa de mi madre era algo típico suyo, ella siempre estaba sonriendo. Su sonrisa era una característica personal, sus dientes eran blanquísimos y estaban perfectamente colocados, en su conjunto formaban una sonrisa dulce y tierna que hacían disipar los problemas de cualquiera durante un instante. Lástima que no consiguiera heredarla. Mi sonrisa era más bien tosca y tenía los colmillos algo torcidos. Aún así, no se consideraba un problema tan grande como para llevar aparatos.
-¡Voy a por el abrigo!- exclamó mamá.
-¡Vale!¡Yo voy a por mi bolso!- le respondí desde mi habitación.
Llegó la hora de preparar el bolso. En cualquier película ya lo habrían tenido preparado. No pude evitar soltar una risita al imaginarme yo dando un chasquido de dedos y que el bolso se preparara solo, como si de Mary Poppins se tratara. Cogí el de felpa marrón, y metí dentro el móvil, las llaves, la cartera, un paquete de kleenex y mi reproductor de música, nunca se sabe si el trayecto se alargará más de los debido.
-¿Estás lista?- preguntó mi madre desde la entrada.
-¡Sí, ya voy!- le contesté.
Entonces, bien abrigadas, salimos a la calle. Decidimos ir a pie dando un pequeño paseo. La nieve cubría todas las parcelas de las casas. Era bonito en su conjunto, parecían una típica postal navideña. En ese preciso momento apareció un rayo de sol. Así, la 'postal' cobraba más encanto del que pudieran imaginar. La nieve brillaba con intensidad, haciendo aparecer en algunos puntos pequeños arcoiris.
-Es precioso- murmuré.
- Sí, la verdad es que es encantador. No me arrepiento de haber tomado la decisión de mudarnos aquí- dijo
mamá.
En ese momento me abrazó y yo le devolví el abrazo. Cuando me quise dar cuenta, ya casi estábamos llegando al café Vintage. Siempre con su aire antiguo y un toque moderno a la vez. Nos sentamos en la mesa de siempre, la 3ª a la izquierda que da al exterior.
-¿Qué desean?- preguntó la camarera. Era algo estrambótica, con un color de pelo azafranado y unas pestañas postizas que le llegaban hasta las cejas. También percibí un fuerte olor a perfume barato.
-Yo tomaré el menú del día. ¿Y tú, cariño?- preguntó mi madre.
- Yo también tomaré el menú del día.- respondí.
Ya nos habían servido las bebidas cuando empezamos a hablar las dos del colegio y el trabajo. No parábamos de reír ya que contábamos anécdotas una detrás de otra. Fue entonces cuando un hombre de aspecto viejo y rechoncho, con un gran chaquetón beige se acercó hasta nuestra mesa.
- ¿Diana?- preguntó el desconocido algo perplejo.
-¿Señor Jenkins?- le contestó mi madre.
-¡No puede ser!- murmuró para sí. Aún así, recobró un poco la compostura y volvió a hablar: -Me gustaría hablar de muchas cosas con usted. Mi oficina no se encuentra muy lejos de este lugar, le dejo mi tarjeta. Llámeme cuando pueda venir, le esperaré impaciente.- dijo.
Dejó una pequeña tarjeta en la mesa y acto seguido, salió del café con paso ligero. La tarjeta era de color blanco, con algún decorado en las esquinas. Conseguí leer: ''Sr. Jenkins, abogado e investigador''. Mamá la cogió enseguida y se la guardó en el bolsillo de la chaqueta. Ahora tenía una mirada preocupada en su rostro y, advirtiendo mi expresión de desconcierto en mi cara, me dijo:
-Es un viejo amigo, cielo, no te preocupes.- Después de eso , sonrió, pero noté por primera vez en mi vida una sonrisa suya que no transmitía su ternura y dulzura de siempre.
La camarera apareció ipso facto con los platos del menú.
-¡Qué aproveche! - exclamó.
-¡Gracias!- exclamamos al unísono.
Fue una comida de lo más silenciosa. Durante toda ella estuve pensando en todo lo ocurrido y llegué a la conclusión de dos cosas. Primera, ese hombre no es un viejo amigo y segunda, las cosas iban a ponerse aún más extrañas de lo que estaban.

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